Cuando España despertó, la pesadilla que no le dejaba dormir era otra. La mañana de aquel 11 de marzo de 2004 pocos imaginaron que el terror que comenzarían a experimentar a partir de entonces vendría de más lejos. El mayor atentado terrorista de la historia de nuestro país no llevaría el sello de una ETA que comenzaba a agonizar, pese a que respiraría siete años más. El terror esta vez hablaba otro idioma y no aspiraba a ninguna independencia local sino a una dictadura religiosa.
